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La Soledad

La soledad, punto de encuentro con uno mismo

Nadie le dio la bienvenida a este mundo y le dijo: ¡cuántas ganas tengo de llegar a conocerte, estoy deseando descubrir cómo eres! Por el contrario, todos parecían saber bien quién era ella, y desde el principio le explicaron qué necesitaba y cómo debía conseguirlo, y de qué modo todo eso iba a colmarle de una gran felicidad.

Lo creyó, porque entonces ya era feliz pero no sabía cómo se llamaba eso, y concluyó que hablaban de otra cosa. Asumió como propios pensamientos ajenos, ocupó un papel asignado y persiguió sus objetivos; no se cuestionó ninguno hasta el día que no recordó cuáles eran y tuvo que preguntarlos. Ya de paso preguntó si se esperaba para pronto la llegada de esa tal felicidad, y le dieron más recetas, y fue pagándolas más caras cada vez, y acabó sintiéndose estafada por los que decían quererla.

La engulleron primero un terrible enfado y luego un terrible vacío. Buscó la manera de llenarlo con los libros, con la gente, con las drogas, con ascensos y éxitos, viajes, música, comida, sexo… Lo contempló todo. Hasta donde le alcanzaba la imaginación creyó que no había dejado de lado ninguna alternativa interesante. Y pensó que tal vez así era la vida, tratando de apreciar su vulgar mediocridad.

De vez en cuando, en medio de esta niebla, le parecía atisbar un brillo nuevo y corría hacia él, pero el brillo se apagaba en poco tiempo. Otras veces la luz era tan intensa que le dolían los ojos y prefería cerrarlos, darse la vuelta, ponerse gafas, andar a tientas.

Se habituó a vivir así, protegida de la luz, y pronto comenzaron a molestarle también el viento y la lluvia, y se trasladó a una cueva. Y se encontró sola con el eco de su voz y la sombra de su cuerpo, de modo que no le quedó más remedio que admitir su propia presencia. Y conversó con ella hasta perder el sentido de la orientación y del transcurso del tiempo, y así, liberada de todos los conceptos, sin darse cuenta se desvió del trazo que sus pies habían dejado marcado en la tierra, y fuera, su sombra se perdió en el sol y su voz en el aire, y abandonada de su propia soledad le gritó al viento: vuelve de nuevo, ¿qué será de mí sin mí?

¿Qué será de mí sin mí?, le devolvió el eco.

La soledad es una experiencia subjetiva, vivida con desagrado y dolor, relacionada con la ausencia de relaciones profundas y sentimientos de vacío, que se sabe vinculada a malestar físico y algunos problemas psicológicos, como la depresión.

En su vertiente social conecta con el aislamiento, pero no necesariamente ha de existir éste; por el contrario, rodeados de personas podemos experimentar una falta total de proyecto personal o una pérdida del sentido de la vida y de la trascendencia humana, experiencias que refieren haber vivido hasta el 30% de la población en España.

Los sentimientos de soledad, tanto como los de seguridad, se construyen en la infancia en función de las primeras relaciones de apego que establece el niño y que, si no satisfacen adecuadamente sus necesidades, en la adultez pueden traducirse en la búsqueda inconsciente de una reelaboración de las primeras experiencias fallidas en la pareja o en los círculos de amistad, en falsos sentimientos de autosuficiencia, en inacción o parálisis vital, en adicciones, en hiper-actividad o búsqueda permanente de contacto o de entretenimientos, como respuestas más comunes.
Algunos acontecimientos vitales son también causa de estos sentimientos bloqueadores, como la separación o la muerte de personas queridas.

En todo caso, es posible convertir la experiencia de la soledad en el lugar desde el que partir al encuentro de la intimidad con uno mismo, como paso previo a encontrar la intimidad con los demás, si somos capaces de asumir el riesgo que esto implica y nos concedemos el permiso necesario para gozar ella.

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